VAQUITAS, PENAS, MONSTRUOS.
“Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”, dice Atahualpa Yupanqui en su famosa canción “El arriero”. Y en efecto, arrieros, boyeros y troperos constituyeron un grupo de trabajadores criollos que en la segunda mitad del siglo XIX fueron aniquilados por obra y gracia del ferrocarril y de la desidia e indiferencia de los poderes públicos, para los que era obra de bien regar de sangre gaucha el territorio nacional. Al fin de cuentas la sangre era lo único que tenían de seres humanos, como afirmara el maestro Sarmiento.
Raúl Scalabrini Ortiz en su aún no superada “Historia de los ferrocarriles argentinos” señala que, antes de la aparición del riel, una vigésima parte de la población argentina vivía del tráfico comercial de tracción a sangre. “Puede calcularse en 10.000 –dice- el número de servidores y en 50.000 el de los habitantes, incluidos sus familiares, que de alguna manera dependían de los servicios de comunicación y transporte de sangre. Nadie pensó, siquiera, en expropiarles sus bienes, ni en resarcirlos de la pérdida de una concesión implícita, obtenida por tradición y buen uso”.
Ricardo Caballero –una de las figuras más interesantes al par que olvidadas del primer radicalismo- sostenía que las líneas férreas habían sido “sembradoras de vicios y de ruinas” y recordaba a un viejo criollo de su pueblo cordobés que “cuando los hombres sesudos de la campaña miraban absortos, como una promesa del bienestar, el paso de los trenes, él amenazaba al monstruo con el puño cerrado: ‘Eso causará nuestra ruina’.”
No se trataba, obviamente de rechazar sin más los avances del progreso, ni de pretender una vuelta a la era preindustrial ni al estancamiento del primitivismo agrario. Como bien dice Juan Álvarez en su magnífico libro de 1912 “Las guerras civiles argentinas”, el ferrocarril trajo aparejados rapidez en el transporte, comunicación telegráfica y “posibilidad de elevar en centenares de miles el tonelaje de las cargas que la pesada carreta jamás hubiera podido transportar aun cuando toda la población se hubiese dedicado a conducir bueyes”. El problema estaba precisamente en esas cargas constituidas de frutos de la tierra, sin elaboración alguna, transportadas desde el interior hasta la ciudad puerto y los productos manufacturados, normalmente llegados de Inglaterra, que ingresaban a las provincias por el camino de hierro también en poder de los capitalistas británicos.
El avance de las vías férreas (estructuradas con la exclusiva finalidad de favorecer el comercio de importación y exportación con Europa) no significó el florecimiento de los pueblos del interior, como se esperaba y prometía, sino por el contrario: entrañó su agonía lenta, su progresiva derivación hacia un estado de postración y decadencia que un ministro de economía de triste memoria caracterizó alguna vez –no hace mucho- de “inviabilidad histórica”.
Si la libre concurrencia a ultranza, propiciada por el clan rivadaviano, había ocluido el mercado de Buenos Aires a los productos del interior, la penetración del ferrocarril con su cargamento de mercaderías importadas, baratas y de mayor calidad, llevó la competencia hasta el propio mercado interior, desestructurando en forma definitiva las maltrechas economías provinciales.
Bajo esta explicación abstracta, esquemática del movimiento económico subyace, como siempre, la realidad viva y palpitante de todos los días. Las principales victimas de la situación fueron las masas de población criolla “aniquiladas por la inactividad”, como dice Scalabrini; quien agrega: “Las orillas de los pueblos los acogieron piadosamente a todos, donde con frases capciosas sus virtudes se tergiversaron en vicios; su valor en compadrada; su estoicismo en insensibilidad; su altivez en cerrilidad”. Así calumniados e “invisibilizados” subsistieron a la buena de Dios en una Argentina que no los tenía en cuenta ni para votar.
Cuando esta población renazca de sus aparentes cenizas con el impulso industrializador de la segunda guerra y posguerra, otra vez se alzarán las voces reprobadoras y descalificantes: “cabecitas negras”, “grasas”, “monstruos”, “aluvión zoológico”. Basta leer los cuentos de “Bestiario”, el libro de Cortázar, y muy especialmente el titulado “Las puertas del cielo”, para comprobar el grado de virulencia alcanzado por ese rechazo, de neto cuño oligárquico pero asumido también, con total desaprensión, por importantes sectores de la clase media.
